domingo, 7 de febrero de 2016

DE CÓMO UNA MADRE Y SEIS HIJOS DE LA ALDEA DE LOS CORROS, EN LA MONTAÑA LUARQUESA, LLEGARON A MADRID Y AQUÍ SE ESTABLECIERON Y PUSIERON POSADA

Por Victoria Eugenia Gordo del Rey

La autora del reportaje junto a su abuela Tina
Pues señor, érase que se era, una familia de seis hijos que vivía en las montañas de Asturias, hacia el interior de la bella localidad de Luarca, en una aldea llamada Los Corros. Vivían en una modesta casa y usaban madreñes (zuecos de madera de pino) para salir al huerto, porque si no se hundían los pies en el barro. Creo que no tenían más que una vaca, alguna gallina y un huerto de hortalizas, y que con ello y mucho trabajo se mantenían. Mi abuelita Tina (la madre de mi padre) decía que a los niños no les dejaban alejarse mucho de la casa por el peligro de que les comieran los osos. Y es cierto que los últimos y por desgracia hoy en día escasísimos osos que quedan suelen avistarse por esa zona.
Cuando murió el padre, la madre, María, con seis hijos (Rosario o “Sa”, Celestina –mi abuelita--, Nieves, Álvaro, Julián y Francisco), al ser las tres mayores niñas y no poder hacerse cargo de las tareas de los animales y el campo en la duras condiciones de la montaña asturiana, vendió la casa, la vaca y las gallinas, metió a sus seis hijos en un carro tirado por una mula y emprendió camino a Madrid. Mi abuelita hizo ese viaje con 15 años, y me contaba que se le hizo muy largo (tardaron varias semanas) y que ella llevaba siempre en brazos a su hermano pequeño, Francisco.
Fachada de "La Praviana ", casa de huéspedes y restaurante de la familia de la autora. "La Praviana" estaba en uno de los barrios más bellos y castizos  de Madrid

Al llegar a Madrid, con los pocos cuartos que traía, mi valiente y asombrosa bisabuela María (a la que llegué a conocer, porque vivió hasta casi los 90), alquiló un piso en la calle San Vicente Ferrer (barrio de Maravillas, más conocido hoy como Malasaña) de Madrid donde puso una casa de huéspedes-restaurante a la que llamó “La Praviana” –Pravia es una localidad asturiana cercana también a Los Corros--. Ella y sus seis hijos ocupaban las dos habitaciones del fondo y las otras tres estaban alquiladas a huéspedes. Las hijas y ella se ocupaban de la limpieza, las comidas y atender a los huéspedes, y los chicos en cuanto pudieron se pusieron a trabajar. Entre ellos destacaré al que más conocí, Julián, soltero impenitente, que ejerció brevemente de torero y luego de taxista. De los huéspedes solo recuerdo a un señor a cuya habitación pasábamos a escondidas cuando no estaba y tenía una sombrerera con muchos sombreros y bastones, y también a la entrañable señorita Milagros.
Yo recuerdo a la señorita Milagros como una anciana encorvada, todo piel, huesos y arrugas, con unos ojos azules descomunales y unas hebritas de fino y suave pelo blanco peinadas con esmero sobre su rosado cráneo. Mi padre nos obligaba a entrar siempre a verla –era muy querida por la familia—y a mis hermanos y a mí no nos gustaba nada pasar a su gabinete, ni darle un beso (los niños somos así de desconsiderados a esa edad). Ella se deshacía en mimos con nosotros. Nos daba algún caramelito, nos acariciaba con esa mano huesuda como de pajarito, y nos tocaba al piano algún nocturno de Chopin, que eso sí me gustaba mucho. La señorita Milagros vivía en un piso del mismo edificio de San Vicente Ferrer cuando su marido murió en la guerra, al muy poco tiempo de que se casaran. En su gabinete, sobre un piano negro, había una foto de su joven y difunto marido. Mi bisabuela María la acogió y le tuvo en aquella habitacioncita con gabinete “de gratis” durante un tiempo, hasta que la pobre Milagrines, como solo mi bisabuela se permitía la confianza de llamarla, empezó a pagarle con lo que sacaba de dar clase de piano a señoritas, ya que, obviamente los hombres no podían quedarse a solas con la señorita Milagros en su habitación. ¡Hasta ahí podíamos llegar!
Mi abuelita Tina y mi tía Nieves se casaron a su vez con dos hermanos, Carlos y José Antonio Gordo –lo que hizo que los hijos de Nieves y Tina llevaran todos los mismos apellidos, Gordo Blanco—y se fueron a vivir juntas con sus maridos a la calle San Bernardo 51, muy cerquita de La Praviana--, para poder seguir ayudando a su madre.
Esta es la farmacia que había debajo de "La Praviana". Allí  la familia de la autora compraba las medicinas de la bisabuela María      

Si recuerdo tantas cosas de “La Praviana” es porque todas las reuniones familiares se celebraban allí y porque mi padre tenía devoción por la bisabuela María. Ella le decía a mi padre Toñín, y mi tío Julián, “morucho” (porque mi padre era muy moreno). Yo creo que le tenía un cariño especial porque era muy trabajador y estudioso y no se achantaba ante nada, como ella. Yo la conocí siendo ella ya muy anciana, y recuerdo que cuando la bisabuela María levantaba un poco la voz desde la cama donde pasaba casi todo el día postrada, todo el mundo se cuadraba, y las hijas no digamos. A veces les llamaba “holgazanas”, y a mí se me hacía raro que a mi abuelita le llamaran así, porque yo siempre la veía trabajando. En “La Praviana” pasábamos todas las fiestas de Navidad o Nochebuena que “tocaban” con la familia de mi padre. También se celebraban allí bautizos, cumpleaños, santos y saraos varios. En aquella casa podíamos llegar a reunirnos tranquilamente treinta o cuarenta personas (todos los Gordo Blanco y sus hijos, que fueron muchos), juntando las mesitas de madera oscura del comedor-restaurante, sobre las que había una especie de anforitas de barro para el agua que nunca he vuelto a ver en ningún sitio, unas vinajeras de cristal y un salerito con arroz en el fondo. Yo guardo uno de esos saleros con mucho cariño. Y también un molinillo de café. Mi abuelita solo me dejaba “ayudarla” moliendo el café, tarea de gran responsabilidad que a mí me encantaba desempeñar.

La autora de pequeña con su querida abuela Tina

 Y esta es más o menos mi pequeña historia de “La Praviana”. Mi abuelita Tina era una asturiana recia y trabajadora, pero tierna y amorosa, y, con los niños, pura mantequilla de Soria. Si me gusta tanto Madrid y pasearlo, es en gran parte gracias a ella y a mi padre, que no se cansaban de andar nunca. Mi abuela nos llevaba al cine desde mi casa, en Guzmán el Bueno, a la Gran Vía, siempre andando, no se le ocurría coger el metro o el autobús si no era para ir verdaderamente lejos, más allá de las “puertas” de Madrid (de Alcalá, de Toledo, de Hierro…). También nos llevaba andando a la Plaza de Oriente, a montar en el carro del burro Perico (el de la canción infantil “Perico, Perico, eres un gran borrico, de grandes orejas y buen cooraaazóoooon…”). Yo creo que por eso a mi abuelita paterna nunca estuvo gorda. Tenía las pantorrillas pétreas, como de un futbolista.
Adoraba Madrid y no quería volver a Asturias. Cuando sus hijos iban de veraneo allí y le proponían que fuera con ellos, ella siempre ponía excusas para no ir. Llegó a la capital con quince años, pero en mi vida he conocido madrileña más entusiasta. Supongo que para ella Madrid fue la luz, el progreso, tener baño, cocina de carbón, neverita con barras de hielo, salir a la calle sin madreñes y sin miedo a los osos, el lugar donde había conocido a su novio, donde nacieron sus hijos… Pero, cuando en las sobremesas de las reuniones familiares el auditorio le rogaba “Tina, Tina (o “mae, mae”, sus hijos) cántate una asturianada… anda… solo una …” (porque mi abuelita tenía una voz muy apreciada), y al final la cantaba, ante un silencio sepulcral y la emoción en las caras de todos los mayores, siempre acababa llorando. Y lo mismo cuando oía una gaita. (A mí pasa lo mismo; con la gaita, digo, que asturianadas no canto, que es para voces muy poderosas).
Por eso, cuando paso por las inmediaciones de la calle San Bernardo o de la Plaza del Dos de Mayo, y no digamos por delante de la casa de “La Praviana”, me dan ganas de descalzarme, porque, para mí, como os podéis imaginar, todo aquello es casi tierra santa.
"La Praviana":  alojamiento y restaurante a precios económicos
Y si de esta doméstica, menuda y humilde historia cupiera sacar alguna conclusión, para mí sería la de que mi bisabuela María, y sus igualmente valerosas y esforzadas hijas, supieron ser, por encima de todo, las heroínas de sus vidas y no sus víctimas, por más que arreciara la lluvia de piedras. Que fueron mujeres aguerridas y risueñas que no daban ninguna importancia a todo lo que hacían, pese a representar una carga de trabajo realmente asombrosa. Y que he sido muy afortunada de haberlas conocido y tenerlas para siempre de ejemplo. Como dijo el filósofo: “Aquel que tiene un por qué para vivir, puede enfrentarse a todos los cómos”.

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